Nunca digas “nada”

El ser humano es una criatura compleja. Es una criatura capaz de alejarse de las personas que quiere diciendo que es por protegerlas, en vez de, lógicamente, mantenerse cerca para protegerlas de manera más eficaz. Es capaz de realizar actos autodestructivos (como comer, beber o fumar cosas que lo dañan, o querer a quien sabe que le hace daño), simplemente porque le generan placer momentáneo. Esos son tan sólo un par de ejemplos bastante sencillos. Pero hay uno en particular, del cual les quiero hablar el día de hoy, que es una acción bastante particular, nociva y ciertamente estúpida, que es llevada a cabo indistintamente por hombres y mujeres. Una acción, un momento, una situación, representada en una sola palabra, usada como la respuesta a una pregunta que debería ser el inicio a la solución de un problema.

Nada.

Qué palabrita de mierda más nociva y destructiva.

Les doy contexto, y chistes fáciles aparte, vamos a dirigirnos al público femenino. Resulta que N tuvo una discusión con su novio A. Éste, como la mayoría de los hombres (usemos un estereotipo fácil, ya saben que me importa un carajo las etiquetas), no es muy dado a conservar en su memoria fechas más allá de su cumpleaños, la final de la Champions, y el día que le toca el pago de las tarjetas de crédito (y este último se les olvida con una frecuencia alarmante), y como deben estar suponiendo, A olvidó una fecha cualquiera… Emmm… A ver… El cumpleaños de Toñito (¡Toñito! Toñito, el sobrinito de su novia, el resultado de un cruce entre un xenobita y la muñeca Anabelle, así de tranquilo es el mocoso, por lo que es lógico que A ni se acuerde del cumpleaños de ese pequeño desastre con patas). Como a A se le olvidó el cumpleaños del pequeño hijo de Slytherin, obviamente no tenía ni regalo comprado, ni lista la ropa, ni afeitada la barba. De hecho, nuestro muchacho tenía planeado pasar ese sábado en casa, vestido tan solo con unos semiderruidos boxer blancos (sus favoritos) y listo para terminar el tan esquivo Dark Souls, que tan hermosos momentos de sufrimiento le había dado en el último medio año.

Por supuesto, N le armó un escándalo de padre y señor mío, porque faltar al cumpleaños del pequeño Gremlin, único nieto hasta el momento, era algo impensable. A, claramente a regañadientes y poniendo mala cara, se puso los jeans más desgastados qué tenía (¡horror!), unos zapatos más rayados y sucios que un baño público (¡ofensa!) y para rematar, una gorra de béisbol (¡una ignominia!), y tal cual estaba, se dispuso a acompañar a su chica al evento. Ambos se subieron al carro y emprendieron el corto camino a casa de la familia de ella.

Hasta aquí, tenemos dos perspectivas de una misma situación. Por un lado, A, que lo que tiene de descuidado e infantil lo tiene de enamorado, se dice a sí mismo: “bueno, mal que bien, aquí estoy. Se me dañaron los planes, quería quedarme jugando, pero no es tan malo estar aquí con ella. Todo sea por darle gusto y hacerla feliz. Otro día jugaré”, con lo que se siente feliz y satisfecho. Por su parte, N no tiene palabra alguna. No quiere tenerlas. Solo tiene un sentimiento asesino que se mueve inquieto entre sus costillas.

Pasa el día y las cosas no van mal. A pesar del desastroso y esperpéntico look de A, como era de esperarse a nadie en la fiesta le importó un carajo. A se lo pasó muy bien con sus cuñados, y como siempre, sus suegros se portaron genial con él, como siempre había sido. Es claro que todo eso le importó un carajo a N, que seguía molesta con A por lo de la mañana: porque a él se le había olvidado la fecha, y porque se vistió como si fuese a lavar el carro, y no como si fuera a una fiesta. Todas esas cosas se fueron acumulando en el pecho y la cabeza de N durante todo el día.

Espero que hasta este punto, estén saboreando el absurdo inherente a esta situación, tanto como yo lo estoy haciendo.

En fin, que el día acabó y llegamos a lo que es el meollo de esta columna. A y N se despidieron y emprendieron camino en el carro hacia su casa. Y aquí se desarrolla esta escena: A se da cuenta de que N está muy callada, y mira distraída por la ventanilla del carro, sin comentar nada de la fiesta, que como buena fiesta familiar, estuvo repleta de chismes. Como es lógico, hace la UNICA pregunta lógica que puede hacerse en esa situación:

-¿Qué te pasa, amor? -o cielo, preciosa, vida, corazón, o lo que sea, el complemento es lo de menos cuando uno no tiene ni puta idea de lo que está pasando.

Ella, como ya supondrán, responde con lo que ella piensa que es lo más lógico en esa situación.

-Nada -y sólo Dios, en su infinito conocimiento, sabrá por qué para ella esa es una respuesta lógica.

Esa respuesta, queridas y queridos míos, es el meollo de la situación, porque las posibles respuestas son las que se abren a continuación. Oído al tambor:

Opción A: nuestro muchacho, por mero instinto (o miserable azar, lo que venga primero) se da cuenta de que algo está mal. No tiene ni idea de en qué la cagó esta vez. Solo sabe que la cagó y que hay que resolver eso como sea, o al menos saber qué pasó. Así que al niño le da por manipular plutonio e insiste con la pregunta. Cosa infinitamente peligrosa y el pendejo no se da cuenta. Insiste varias veces (hombres, aprendan algo: JAMÁS les van a responder el “en serio, ¿qué te pasa?” a la primera. Esa situación es como explotarse una espinilla: tienes que presionar y presionar hasta que salga ese mierdero. Y perdón por la fina analogía, ya saben el tipo de humor que manejo, es su culpa por leer esto), hasta que ella explota y le suelta la retahíla y se arma la de Dios es padre.

Opción B: esta nunca pasa. Es la utopía perfecta. Luego de la palabrita de marras, el muchacho se da cuenta de que, en efecto pasa, algo. No sabe exactamente qué es, pero sabe que insistir los llevará a una dolorosa y estéril discusión, así que decide no hablar por el momento y esperar a que a ella se le pase. Ya tendrán oportunidad de hablar del tema más adelante.

Huelga decir que esta opción es percibida por ella como la que viene.

Opción C: él sabe que algo malo pasa. No sabe qué es, pero sabe que no le conviene tocar esa tecla. Además de que si lo hace, tendrá que aguantar una cháchara durante todo el camino a casa, y no está dispuesto a ello. Así que es práctico, se encoge de hombros, enciende la radio (y la apaga a los pocos minutos, no sea que el sonido despierte a la leona), y asume una actitud tan silenciosa como la de su compañera.

No sé si se dieron cuenta, pero… Cualquiera sea la respuesta de A, todas tienen esto en común: el problema, existente o no, grande o pequeño, importante o irrelevante, sigue estando allí. Y es que el problema no es la actitud que asuma A.

El problema es que la nada es eso. Nada. Y no se puede trabajar sobre la nada. No se puede abrir o cerrar una puerta que no existe, ni resolver un problema que por anticipado se declaró como resuelto, ni calmar un mar en calma, ni serenar una fiera dormida. Y mejor me dejo de analogías de ese tipo, que ya parezco Arjona. El caso es que ustedes me entendieron.

Responder “nada” cuando nos preguntan qué nos pasa, en momentos en los que realmente nos pasa algo, es peligroso. Contraproducente. No resuelves un problema, lo pospones. No alivias la presión, la acumulas. Y esto, pese a mi ejemplo, no respeta géneros, que también a los hombres nos da por cerrarnos, y más frecuentemente de lo que se podría pensar.

Una vez, una chica con la que trabajaba me comentó que ella respondía “nada” para evitar problemas, porque sabía que si hablaba, siempre obtendría una respuesta desagradable: de algunos hombres, confrontación; de otros, evitación del tema; de otros, indiferencia. Pero nunca una respuesta o solución a su problema; por ello la entendí, a veces los hombres no somos especialmente propositivos a la hora de resolver los problemas. Sin embargo, a mi me dio por joderla, y le pregunté si eso siempre le funcionaba, que si siempre lograba evitar problemas con esa estrategia. Ella admitió que no, que a veces no aguantaba y terminaban por escapársele los reproches y la situación igualmente derivaba en conflictos, pero que casi siempre le servía. Yo, que no iba por ahí, le pregunté: “y de las veces que los has evitado, ¿cuántas veces te has sentido en paz, y has olvidado el evento, y has pasado realmente la página?”. La chica no supo qué decir. Obviamente no había una sola situación en la que ese nudo en la garganta y ese ardor en el pecho, de no poder decir lo que se quiere decir, no la fastidiara intensamente.

En serio, amigos y amigas, eliminen esa maldita palabra de su vocabulario. No se ahorren nada, que hablar es gratis. Y en lo tocante a las relaciones de pareja, ahorrarle un dolor de cabeza a tu pareja generándotelo tú, no es una buena forma de vivir el amor.

No sean pendejos. Hablen. Ábranse. Miren que hasta las espinillas explotan un día solas, de tanto darles con los dedos. Y seguimos con mis finísimas analogías. Piensen en eso.

@srkeoma